Existen emociones positivas y negativas. ¿Mito o realidad?

Existen emociones positivas y negativas. ¿Mito o realidad?

La diferenciación entre emociones positivas (válidas de sentir) y emociones negativas (que no deberíamos sentir) nos resulta hoy en día muy familiar. Sin embargo, se trata de uno de los mitos más arraigados de nuestra sociedad.

La tendencia como sociedad (y ya no sólo la de algunas familias) de buscar sentir emociones “positivas” e intentar controlar o reprimir las emociones “negativas” no hace más que fragmentar la experiencia emocional de un cuerpo humano que no atiende a lo correcto o incorrecto, sino que simplemente siente.

“Pero, ¿cómo que no existen emociones positivas o negativas? Yo tengo emociones con las que me siento bien y otras con las que me siento mal”.

Y he ahí la cuestión. Existen emociones que son agradables de sentir y otras más desagradables. En todo momento, hablaríamos acerca de si nos gusta o no sentir esa emoción, pero no de su valor. Todas las emociones son válidas de ser sentidas y todas tienen una importante función asignada.

Podríamos decir que las emociones son la manera en la que el cuerpo se comunica con nosotros y nos expresa qué necesitamos. Toda emoción tiene algo que decir acerca de cómo estamos y qué podemos necesitar en cada momento.

Pongamos, como ejemplo, el caso del «enfado”. A priori, no parece que sea muy útil sentir una emoción como el enfado, que genera tanto conflicto y malestar. Sin embargo, ¿qué ocurriría si no sintiésemos enfado ante una situación en la que nos están atacando? El enfado nos advierte de situaciones en las que vemos un trato injusto hacia nosotros/as o en las que sobrepasan nuestros límites. Nos ayuda a saber cuándo defendernos.

Cuando nos esforzamos en reprimir ciertas emociones, lo que conseguimos es perdernos una información muy valiosa acerca de qué nos podría ayudar para nuestro autocuidado y bienestar.

En relación a esta represión emocional, el recurso de comer cuando nos sentimos con malestar (nerviosos/as, tristes, solos/as, enfadados/as, etc.), también denominado alimentación emocional, no es más que una consecuencia de este mecanismo de evitación emocional tan interiorizado desde la infancia. Un mecanismo en el que cuando nos sentimos “mal”, necesitamos quitarnos esa sensación de encima, volver a sentirnos “bien” lo antes posible y la comida es la manera en la que muchas personas logramos ese breve momento de evasión y disfrute.

Así, en un afán de evitar sentir el malestar caemos en la trampa de no aprender a tolerar nuestras propias emociones, aprender a convivir con ellas, aceptarlas y escuchar atentamente aquello que nos tienen que decir.

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