Alimentación consciente: la importancia de cómo comemos

Alimentación consciente: la importancia de cómo comemos

¿Qué pensarías si te dijesen que los niños comen durante las clases para así ahorrar tiempo?

¿El argumento? Un horario lectivo exigente, con asignaturas, exámenes y tareas que dejan poco espacio para el ocio, por lo que comer en el aula sería una forma de “ganar tiempo”.

Probablemente, a muchos/as de nosotros/as no nos convenza (puede que hasta nos aterre) esta idea. Sin embargo, en algún punto de la adultez, el momento de la comida se ha posicionado en la última de nuestras prioridades, y ganar algunas horas a costa de comer mientras trabajamos se ha convertido en una opción que cada vez escogemos con más normalidad.

Desayunos exprés entre prisas y atascos, cafés que sostienen toda una mañana de ocupaciones y comidas a contrarreloj. En definitiva, un ritmo de vida frenético al que nos hemos habituado y donde la comida queda relegada a un segundo plano.

Socialmente, cada vez prestamos más atención a lo que comemos. Ahora también es momento de hablar de la importancia de cómo comemos.

Por ejemplo, ¿dirías que comes de la misma manera un día cualquiera que cuando pruebas alguna comida haciendo turismo? o ¿prestas la misma atención a tu comida diaria que cuando vas a un restaurante?

Existen diversos grados de conciencia alrededor de la experiencia de la comida. Comer con atención plena o “Mindful Eating” hace referencia a poner atención deliberadamente y sin juicios en el acto de comer, tomando conciencia de los alimentos que se comen, cómo, cuándo y por qué, siendo ésta la única manera de romper con automatismos, hábitos de inercia en la comida y el descontrol.

A priori parece únicamente una forma más saludable de experimentar la alimentación, pero la importancia de comer con atención plena reside en el alcance de sus beneficios:

  1. Nos permite escuchar las señales de hambre física y las señales de saciedad para guiarnos cuándo debemos comenzar y parar de comer.

  2. Nos ayuda a tomar conciencia y diferenciar entre las sensaciones de hambre física y el hambre emocional, asociado a comer con el fin de regular determinadas emociones.

  3. Al poner el foco de atención en el acto de la comida, lejos de distracciones, comemos más lentamente, lo que favorece saciarnos con mayor rapidez.

  4. Permite experimentar con todos los sentidos los alimentos que comemos: sensaciones como la temperatura, la textura, el olor o el sabor pasan desapercibidos cuando comemos de forma automática, por lo que es especialmente útil en adultos o niños/as que no les gusten ciertos alimentos porque ya les han puesto la etiqueta de “no me gusta”.

  5. Nos ayuda a conectar con el momento presente y, por lo tanto, pone pausa al bucle de ansiedad generado por la rutina diaria.

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