¿Cómo la represión emocional se traslada al cuerpo?

¿Cómo la represión emocional se traslada al cuerpo?

El ser humano siente. Tiene la capacidad de percibir de entre sus emociones más básicas (alegría, tristeza, ira, sorpresa, miedo y asco) un enorme abanico de tonalidades emocionales derivadas: pena, frustración, culpa, nostalgia, impotencia, envidia, orgullo, alivio, angustia, y un larguísimo etcétera.

El hecho de que sentimos emociones diversas, que a priori definiríamos como neutro (ni bueno, ni malo) y que forma parte de estar vivos, comienza a cuestionarse y a teñirse de juicios sociales a medida que crecemos.

Según nos desarrollamos como adultos, tanto el entorno familiar más cercano como la sociedad, va transmitiendo juicios acerca de nuestra experiencia emocional: qué emociones son buenas, adecuadas, permitidas de ser habladas y expresadas; frente a otras negativas, que deben ocultarse e intentar ser controladas. Como resultado, aunque el adulto presenta el potencial de sentir una gran diversidad emocional, frecuentemente, intenta controlar o reprimir aquellas emociones que le han enseñado como “negativas o inadecuadas”.

Por ejemplo, si una niña aprende en su círculo familiar (y en la sociedad) que no es adecuado enfadarse, en su futuro como adulta probablemente trate de ignorar y/o contener el enfado, lo que le impedirá valerse de esa emoción para reconocer situaciones de injusticia y defenderse.

Del mismo modo, si un niño aprende en su entorno cercano (y una vez más, en la sociedad) que no es adecuado sentirse vulnerable y triste, en el futuro posiblemente juzgue esa emoción como negativa y no se permita reconocerla y escuchar qué necesidades no están siendo cubiertas.

Pero, ¿qué ocurre cuando no escuchamos o intentamos reprimir nuestra realidad emocional

La emoción es la manera principal que tiene nuestro cuerpo de guiarnos, nos aporta una información valiosísima a la hora de saber qué nos hace bien y qué necesitamos. Por ello, en primer lugar, ignorar o desatender nuestras emociones derivará en una desconexión de nuestras necesidades más básicas y deseos. Si no sabemos o queremos reconocer qué sentimos (tristeza, enfado o miedo, por ejemplo) tampoco sabremos qué necesitamos (ser cuidados, defendernos o sentirnos seguros, respectivamente).

De forma añadida, reprimir nuestras emociones no sólo tiene consecuencias dañinas para nuestro bienestar psicológico, sino que también resulta perjudicial para nuestro cuerpo. Ignorar, rechazar y contener emociones que percibimos como desagradables derivará (paradójicamente) en estados emocionales más intensos y duraderos. A su vez, estos estados emocionales supondrán ciertos cambios a nivel hormonal que prolongados en el tiempo se traducen en afectaciones psicosomáticas. Como es el caso de la liberación continuada de cortisol en la ansiedad.

Problemas gastrointestinales (dolor de estómago, úlceras, intestino y/o colon irritable), migrañas, afectaciones cardiacas, dolores musculares o trastornos autoinmunes como la psoriasis son algunas de las afectaciones más asociadas a una inadecuada regulación emocional.

De esta manera, se interrelaciona nuestra salud psicológica y nuestra salud física. El cuerpo habla lo que la mente calla, resaltando, una vez más la importancia de aprender a reconocer nuestro funcionamiento cognitivo y emocional para lograr un mayor bienestar.

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